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05:45 pm  21/11/2017, Lima Norte, Perú

¿Cuándo comenzó la desorganización del Apra?

En marzo de 1956, una Convención Nacional del partido dio facultades a Ramiro Prialé para «concertar alianzas o pactos con cualquier fuerza política con el fin de conseguir la legalidad del partido» manteniendo, por cierto —en palabras de un historiador aprista—, «el decoro y la dignidad de las banderas programáticas e ideológicas del aprismo redentor». A cambio de su apoyo electoral, los apristas exigían, «el retorno a la legalidad, la libertad de sus detenidos, el regreso de los deportados, la devolución de los bienes incautados y el respeto a los actos ciudadanos».53 Manuel Pardo sería el elegido. Estaba en curso la formación de los que los propios apristas denominarían como el «régimen de la convivencia». De una disciplinada aceptación de dicho régimen dependía, supuestamente, que en 1962 las Fuerzas Armadas y la oligarquía —los grandes enemigos del aprismo— permitiesen su llegada al poder.. Después de una dictadura —diría Haya de la Torre— «los pueblos como los individuos necesitan un período de convalecencia».54 Con el poder una vez más al alcance de la mano, en todo caso, la posibilidad de un APRA radical —que había parecido relativamente cercana entre fines de los 40 e inicios de los 50— se alejaba acaso definitivamente. De acontecimientos que ocurrían lejos del Perú surgiría un nuevo intento por reconciliar al antiguo partido con sus supuestos «ideales primigenios» revolucionarios. En diciembre de 1956, cuando Prado llevaba cinco meses en el poder, los expedicionarios del Granma arribaban a la costa Este de Cuba. Y pocos años después, cuando Fidel tomó el poder e inició su revolución en 1959,  embrujó a muchos jóvenes apristas que se adhirieron a los ideales del cubano.

En octubre de 1958, en la IV Convención del PAP —ya restablecida su legalidad—, pudo tener lugar el debate postergado desde 1948. Ahí, una moción —apoyada por el núcleo juvenil encabezado por De la Puente—, pretendió traducir el aprendizaje del período en una crítica al establishment partidario y en una propuesta para rescatar lo que, a su parecer, era el sentido esencial de la historia del APRA. Las concesiones de la llamada «convivencia» —sostenían— terminarían cambiando la naturaleza misma del partido. No una legítima transición sino un servicio a los intereses de la oligarquía era el resultado neto —según ellos— de la opción del 56. El régimen pradista —ha escrito Frederick B. Pike— había significado el más desperdiciado sexenio de la historia peruana del XX.62 Como resultado, una a una las banderas históricas del APRA —denunciaba el grupo disidente— habían sido arrebatadas por fuerzas nuevas como Acción Popular, el Movimiento Social Democrático y la Democracia Cristiana.63

Incluso, de ganar —«por los caminos de la transacción y el convenio»— en el 62, ¿no significará eso la muerte de nuestro movimiento? ¿no tenían acaso, movimientos históricos como el APRA, un «destino que cumplir? 64 Su «normalización», su metamorfosis a la «condición de cualquier partido tradicional» que hacía del «silencio o la concesión» para llegar al poder era lo que los herederos del espíritu «vanguardista» del aprismo se negaban a aceptar. No bastaba que, en esa apelación, la propia obra de Haya de la Torre fuese esgrimida como guía del reciclaje partidario. Sus escritos, en realidad, eran los textos de una larga cruzada resuelta en un irritante pragmatismo percibido como una búsqueda de acomodamiento que negaba los ideales «auténticos» del aprismo. presentista. Frente al Antiimperialismo y el APRA de los 20, su Treinta años de Aprismo era la nueva voz oficial.65 Propuestas de rectificación, de democracia interna, de «renuncia inmediata de todos los apristas que ocupan cargos diplomáticos, municipales y políticos» en el régimen pradista, no tenía lugar en la fórmula transicional concebida por los líderes del partido.. ¿Era posible separar al Haya de la Torre de los 50 de su pensamiento de los 20? Su propuesta misma, en realidad, los había puesto fuera del partido. Ante la sanción, el pequeño núcleo norteño se constituyó en Comité de Defensa de los Principios y, posteriormente, en APRA Rebelde, como «organización autónoma para la realización del ideario aprista» abandonado por «los actuales dirigentes convivientes», estableciendo como objetivo fundamental, la creación de una «conciencia revolucionaria para organizar y acelerar el proceso de la revolución nacional».66 ¿Así que te expulsaron? preguntaría el periodista Manuel Jesús Orbegoso en 1959 a un Luis de la Puente asediado por el asma y la ansiedad. «Miserables —respondió— no saben que ahora somos más apristas que nunca». 67

A mediados de 1959, De la Puente se mantenía aún dentro de los marcos de una perspectiva nacionalista radical. Tras su carcelería de 1955 se había abocado al tema agrario. En 1957 había presentado como tesis doctoral su estudio «La Reforma del Agro Peruano».68 Se inclinaba ahí por una fórmula de «anti-feudalismo realista» equidistante de los planteamientos imperialistas como de los aquellos «intoxicados de marxismo». Reforma Agraria sí. Pero no por el «camino revolucionario» —escabroso, cruento y de consecuencias muy dudosas— sino como «acto legítimo de promoción del desarrollo», ejecutado en «estricto cumplimiento de la Constitución y las leyes». Un camino evolutivo perfectamente encuadrado dentro del «ideal indo-americanista» expresado por el aprismo y que, en la revolución boliviana, había encontrado adecuada concreción. Conservaba en buena medida esa visión al momento de su primer viaje a Cuba en julio de 1959. Así lo dejó saber en un forum sobre la Reforma Agraria cubana dónde se pronunció en favor del respeto a la propiedad privada, del «derecho a una parcela» del campesino cubano en aras de una transformación con justicia y libertad. Apasionado como era, demandó con insistencia —según Marco Antonio Malpica— una definición de los cubanos, quiénes, en realidad, prefirieron no responder.69 Estas posiciones —como las expuestas en el proyecto de ley presentado por los «apristas rebeldes» en octubre de 1961— no se distinguían demasiado de las defendidas por los nuevos grupos reformistas que surgieron de la lucha contra la dictadura de Odría: AP, DC, MSP. Dentro del propio Ejército e Iglesia Católica se registraban fuertes indicios de preocupación reformista. Así, a mediados de los años 60 el Prelado de una de las zonas más pobres del sur andino peruano solicitó que la Asamblea Episcopal Peruana discutiese el problema de las propiedades de la Iglesia temeroso de que dicho tema fuese levantado por los agitadores comunistas, crecientemente agresivos después del «éxito» castrista.

El espectáculo que vemos hoy en Cuba —manifestó— se puede repetir en el Perú. El R.P. Ramblot, O.P. de la Misión Lebret nos dijo hace dos años que las actuales condiciones socio-económicas en el Perú son las peores de toda América del Sur, con la excepción de Bolivia. Estas condiciones, dijo, son hechas a medida para el ataque comunista. Quizás se puede objetar que estoy viendo sólo el problema de la sierra; pero no nos olvidemos de que el movimiento de Castro se inició en la Sierra Maestra de Cuba, y que estamos a muy pocos kilómetros de la influencia boliviana, la que sentimos mucho.70

En noviembre de 1960, con la transformación del APRA Rebelde en MIR el proceso hacia la construcción de una identidad nueva entraba en una nueva fase. Es el inicio del curso que lleva a Mesa Pelada 1965. La influencia de los pupilos de Silvio Frondizi —Napurí y Cordero— se dejaba sentir así en la partida de nacimiento de una «nueva izquierda» en el Perú. A mediados de los 50, el argentino había fundado la primera de varias organizaciones con este nombre en Latinoamérica: el MIR-Praxis.71 Siete meses antes de la decisión de los peruanos, un flamante MIR venezolano se había pronunciado por el camino armado. Entre el ímpetu guevarista y la crítica filo-trotskista del comunismo pro-soviético se delineaba una nueva forma de ser izquierdista. Apuntando en esa dirección, los peruanos aspiraban a superar el «camino evolucionista» del «compromiso y la componenda» para apuntar a los movimientos sociales que conmovían el país. La defección del PAP, más aún, coadyuvaba a configurar un escenario de polarización en que, «la solución oligarco-imperialista» contendería con la «solución popular, revolucionaria» por definir el ya insostenible impasse que entrampaba el desarrollo nacional. Una Reforma Agraria «radical y profunda» era, en este sentido, la medida prioritaria. De ahí que, la organización del campesinado en el plano nacional era «la tarea imperativa del momento actual». 72

Inevitablemente, aquel definitivo paso hacia la izquierda, dejaba en el camino a muchos «apristas rebeldes». Javier Valle Riestra, por ejemplo, se había sumado al APRA Rebelde, según dijo, por «un exceso de ortodoxia», porque «quería realizar los ideales cubanos de ese instante, de Pan con Libertad». Apartándose luego, al ver que lo que surgía era una organización «stalinista». En 1962, finalmente, a raíz de un artículo en el diario aprista «La Tribuna» titulado «El 10 de junio votaré por Haya de la Torre» este lo llamó y le dijo: «ven al partido, el mundo es amplio, el partido es enorme, las puertas están abiertas, estás amnistiado». A pesar de haberse marchado del PAP, Valle Riestra había seguido siendo «ideológicamente aprista».73 Para De la Puente, por el contrario, el paso siguiente era despojarse de aprismo, adoptar una visión nueva, romper con el vínculo emocional que la identidad aprista —y la identificación personal con Haya de la Torre— conllevaba. Si unos se marchaban debido al giro, otros se sumaban, precisamente, atraídos por este. Máximo Velando, por ejemplo. A su retorno de Cuba, este se había trasladado a su terruño, en la sierra central, donde habría desarrollado intenso trabajo político, llegando a ser elegido dirigente en un congreso de comunidades. En 1962, Ricardo Gadea tendría la «gratísima sorpresa» de encontrarse con Máximo al recibir en La Habana a una «delegación de militantes» del MIR. 74

El cambio de perspectiva reflejaba, sin duda, una cada vez más intensa relación con Cuba. En julio de 1960 una delegación del APRA Rebelde había viajado a la isla. El propio De la Puente permaneció en tierra caribeña por algunos meses. Eran meses decisivos para el régimen castrista. En la plaza de la revolución habanera, los peruanos escucharon a Fidel vaticinar la transformación de la cordillera de los Andes en una «Sierra Maestra hemisférica». Por ese entonces comenzó a concebirse el plan insurreccional del MIR. Ante el planteamiento del Che —según Napurí— «del foco guerrillero como la herramienta primera y fundamental de la revolución», De la Puente habría contestado con su visión de que, «la alianza del APRA Rebelde con Cuba se convertiría en un formidable catalizador». Que una rápida crisis del PAP —atrapado en su dañino pacto con la oligarquía—, más aún, permitiría sumar a «miles de trabajadores y jóvenes al proyecto revolucionario» del MIR..
Gustavo Loli

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